Sobre llorar y mirarse al espejo.

Aún no había llorado en lo que iba de cuarentena. El día número cincuenta de aislamiento, cuando terminé de ver el último capítulo de tales from the loop, finalmente lo hice. Y ese llanto inicial, motivado por el final de una serie que me pareció visualmente hermosa y triste, destapó una especie de conducto por el que salieron todas las angustias que tenía retenidas adentro, en un único y efectivo llanto desconsolado. Resulta que había clausurado aquel conducto hace tiempo, taponándolo con todo lo que tuve a mano para evitar que salga, por algún resquicio de mi cuerpo, cualquier atisbo de vulnerabilidad.

“¿Y te viste mientras llorabas? Me gusta verme llorar” me dijo Dolo cuando le conté. La verdad es que esta vez no, pero me acordé de que eso era algo que me gustaba hacer de chica. Me encantaba ver mis gestos dramáticos en el espejo y observar mi cara transformada en una masa deforme, húmeda y enrojecida. Ahora dudo si no es aquella vanidad curiosa la que ayuda a menguar la tristeza en lugar del acto mismo de llorar.

“The blink of an eye” (un abrir y cerrar de ojos), fue la frase de la serie que me quedó resonando adentro. Eso es lo que le responde una madre al hijo cuándo éste le pregunta si siente que su niñez fue hace mucho tiempo.

Me di cuenta que lo que más me afectó de toda la serie fue el tratamiento que se hace del tiempo y cómo los personajes se muestran supeditados a éste de una forma cruda y sin anestesia. La sensación de irreversibilidad está presente de manera permanente en cada uno de sus ocho capítulos.

El día anterior, llevada por la hermosa serie animada the midnight gospel, terminé en el podcast “duncan trussel family hour” en el que está basada. (Sí, veo muchas series, ¿no estamos todxs en la misma?). Escuché el último episodio en el que Duncan tiene como invitado a Joe Wong, músico y compositor. Me gustó mucho porque me sentí como una mosca espiando una charla divagante entre dos amigos cercanos (todo el podcast y la serie TMG me hacen sentir así). Hablaban de la muerte, de la trascendencia y del arte, y fantaseaban sobre la idea de una vida sin vejez, en donde la gente no muriese. “Imagina la calidad que alcanzaría la música, si los músicos pudiesen vivir cientos y cientos de años” le dice Duncan a su entrevistado. Joe le responde que, por el contrario, lo que él piensa es que es la conciencia de la muerte inminente la que permite al ser humano crear grandes obras de arte (no fueron estas sus exactas palabras, sino mi libre interpretación).

Esto me llevó a pensar en aquella sensación de bienestar que tuve al otro día de haber llorado, y todas las cosas que hice. Dibujé como hace mucho tiempo no hacía, en un cuaderno rayado, sin ninguna pretensión más que la de garabatearlo por completo sin pensar en nada. Y me di cuenta cómo desde siempre necesité de un poco de oscuridad para alimentar mi trabajo.

Fueron los momentos más angustiosos de mi vida los que me hicieron sentir más creativa. Por el contrario, con las etapas de mayor estabilidad emocional, vinieron los bloqueos más grandes y las frustraciones artísticas. Reflexiono y pienso que quizás esté mal llamar BLOQUEO a algo que simplemente es una AUSENCIA. Es una necesidad que no está, que no se puede forzar. Creo que, en lo personal, tiene que ver con que muchas de las cosas que hago están ligadas a procesos reflexivos, pensamientos, divagaciones. Y OBVIAMENTE éstas me resultan más interesantes de mostrar o canalizar por medio del dibujo cuando hay drama de por medio. Porque soy escorpiana.

Hoy Lejana me envió una historieta hermosa de felisa ester que dice:

 “Incluso tú, que tratas de ser valiente, tendrás momentos en los que derramarás lágrimas. En esos momentos llora con todo tu corazón, así las penas te dejarán de inmediato. Ven, ven junto a mí. Mientras tu corazón sea honesto, todo va a estar bien”.

Y luego repite: “Mientras tu corazón sea honesto, todo va a estar bien”.

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