Sobre lo terrible de inventarse excusas o la importancia de un poema.

Cuando era más chica quería ser dibujante pero siempre, siempre tenía alguna excusa.

Cuando vivía con mi mamá soñaba el momento de ser independiente y tener mi propio escritorio con una ventana con luz y mis hojas desparramadas llenas de dibujos hermosos que yo habría creado con mis geniales manos e imaginación.

Una vez que me mudé sola, me visualizaba viajando a lugares increíbles siempre acompañada de mi libreta de viaje, la cual llenaría con aventuras fantásticas y paisajes cautivadores.

Siempre estaba conmigo aquella linda idea de que algo mejor vendría, una idea por cierto muy optimista para mi espíritu, pero contraproducente para mi yo-creativa, que siempre estaba esperando una mejor condición necesaria e imprescindible para poder lanzarme a la vida artística de una vez por todas.

Hasta que me topé de frente con un poema.

Un cachetazo de varias palabras perfectamente acomodadas para recordarme lo importante, con la metodología que utilizan todos los poemas para lograr ese cometido: metiéndose directo en las venas a susurrarle a las entrañas.

El poema se llama “Aire y luz y tiempo y espacio” y es de Charles Bukowski:

“Sabes, yo tenía una familia, un trabajo, algo

siempre estaba

en el medio

pero ahora

vendí mi casa, encontré este

lugar, un estudio amplio,

deberías ver el espacio y la luz.

Por primera vez en mi vida voy a tener el lugar

y el tiempo para

crear”

No, nene, si vas a crear

vas a crear trabajando

16 horas por día en una mina de carbón

o

vas a crear en una piecita con tres chicos

mientras estás

desocupado,

vas a crear aunque te falte parte de tu mente y de

tu cuerpo, vas a crear ciego, mutilado, loco,

vas a crear con un gato trepando por tu

espalda mientras

la ciudad entera tiembla en terremotos,

bombardeos, inundaciones y fuego.

Nene, aire, luz, tiempo y espacio

no tienen nada que ver con esto

y no crean nada

excepto quizás una vida más larga para encontrar

nuevas excusas.

- - -

Creo que los cambios no se dan mágicamente. Siempre es un proceso paulatino el que nos lleva a generarlos porque no es fácil mutar la forma en que nos percibimos, o la manera en la que actuamos o pensamos. Pero a veces hay algo, un estímulo fuerte que nos golpea y nos pone en movimiento. Nos despierta. En este caso sucedió así, fue instantáneo. Este poema fue un puñetazo en la cara que me puso frente a frente con mi cobardía. ¿Qué estaba esperando? ¿Por qué ponía excusas para crear? ¿Qué esperaba que sucediera? Nadie iba a aferrarme la mano y dibujar por mí. Era algo que tenía que hacer yo misma. Lanzarme de cabeza. Y esto no sucedería algún día del futuro, cuando tuviese esa herramienta que necesito, y mi escritorio fuese así o asá y la luz entrase de tal o cual manera por la ventana, sino HOY. Con las herramientas que tengo y con las habilidades con las que cuento HOY.

Algo que me sirvió y que aún me sirve para dejar las excusas de lado y ponerme manos a la obra (literal) es pensar: “así es como dibujo, esto es lo que yo puedo dar”. Si no me siento conforme, entonces trato de hacerlo de nuevo, pero nunca le doy demasiadas vueltas a algo porque creo que el mejoramiento no se da de un dibujo a otro, se da con los días, meses, años, siempre y cuando nos mantengamos en movimiento, andando. Lo importante es dar el primer paso y no detenerse nunca más. Las tuercas se ajustan cuando hacen ruido, pero ese chirrido aparece recién cuando la máquina se pone en movimiento.

En aquella época, luego de que aquel poema me despertara, decidí que tendría un diario de dibujos y que debía dibujarlo todos los días. Nulla dies sine línea*. Dejé de poner el foco en la calidad de mi trabajo y lo puse en la constancia.

Lo que al comienzo parecía una actividad obligada se fue volviendo rutina y luego hábito. El cuaderno, que al comienzo no me gustaba y que sentía que arruinaba con cada página que completaba, se fue haciendo cada vez más gordo, porque lo alimentaba cada día.

Un día dejé de juzgar cada dibujo por separado y vi el todo. Vi mi trabajo acumulado en días, mi búsqueda incansable y aquella tierna insistencia sobre algo que me daba esperanzas. Eso para mí era oro. Había cavado lo suficiente para encontrar el tesoro, que no era más que un cofre con un papel adentro que decía “hay que seguir”.

En el libro “El camino del artista” la autora, Julia Cameron, dice “quítate de en medio. Deja que eso fluya a través de ti. Acumula páginas, y no juicios sobre ti mismo”.

Me gusta mucho esa idea de crear sacando el mayor estorbo que tenemos frente a nosotrxs: nuestros propios juicios y temores.

El ilustrador e historietista saul steinberg decía algo sobre esto que me parece muy hermoso e interesante. Decía que muchas veces comenzaba dibujando una mano sosteniendo un lápiz y haciendo un dibujo. Esto le daba tiempo de pensar qué dibujo estaría haciendo aquella mano dibujada. También le daba la posibilidad de librarse de la responsabilidad del dibujo. No era él quien estaba dibujando, sino aquella mano que había dibujado. Todo eso, claro, era un simple juego pero que le aportaba espontaneidad y aquel dibujo tenía que ver más con una necesidad que una mera planificación.

Claro que habrá tiempo para mejorar, ajustar, perfeccionarse. Pero eso sólo puede hacerse con una base de algo, teniendo aquello que queremos mejorar frente a nosotrxs. Parece una obviedad, pero muchísimas veces me encontré queriendo mejorar algo que aún no había ni comenzado. Muchas veces pensé “voy a hacer esto, pero lo quiero hacer bien”, y ante esa idea paralizadora de tener que hacer algo perfectamente, entonces terminaba no haciendo nada para no frustrarme. Bueno, pequeño recordatorio para mí misma: SIEMPRE VA A HABER FRUSTRACIONES, pero son muy divertidas de dibujar. 

 *Nulla dies sine linea es una sentencia latina atribuida a Plinio el Viejo, que vivió en el siglo I y fue autor de una Historia Natural. Se cuenta que, al acuñar este dicho, “ni un día sin una línea”, alababa el valor de la constancia en cualquier labor.

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